Una mala racha

Llevaba días en una mala racha, cada madrugada despertaba sudando con una sensación de agobio insoportable, en busca de un recuerdo que desde algún lugar de mi subconsciente lograba angustiarme con brutalidad,  como si estuviese frente a una señal de vida o muerte que no podría nunca interpretar.  Irremediablemente perdía el sueño y optaba por abandonar la cama, con mucho cuidado para no despertar a Margaret. Me dirigía al salón y una vez más, acababa sentado frente al ordenador mientras me internaba en la Web. Pasado un rato, me encontraba lo suficientemente aliviado y somnoliento como para volver a la cama, olvidando finalmente el asunto.

Conviví con estas rachas desde muy joven,  llegaban sin previo aviso, duraban varios días, unas veces más, otras menos, sin patrón alguno. Por el contrario, siempre supe, y a ciencia cierta, el instante en que habían llegado a su fin. Bastaba con que una madrugada al despertar recordara lo que  soñaba, en ese momento se interrumpía,  siempre fue igual, sabía con seguridad que a partir de esa  noche podría descansar  plenamente hasta la próxima vez. El  momento de la ruptura era siempre agridulce, por un lado estaba el alivio de saber que el mal trago había pasado, por el otro,  esos recuerdos que aún siendo irreales, al menos por unos instantes continuaban inquietándome. Después de unos segundos, una vez pasado el susto,  con frecuencia hasta me hacía gracia lo que mi subconsciente tramaba por las noches.

Generalmente se trataba de intrincadas tramas de conspiración internacional donde yo era una especie de superhéroe de segunda fila, extraña mezcla de Columbo y  Simón Templar, no necesariamente con lo mejor de cada uno de ellos pero tampoco menos efectivo. En el último recuerdo de estos sueños siempre me encontraba en una situación de  extremo peligro: con una pistola apuntando a mi cabeza, cayendo de muy alto, chocando de frente contra otro coche, peleándome con una banda de criminales, intentando nadar hacía la superficie desde lo más profundo, entre muchas otras.

Cuando las imágenes duraban en mi mente lo suficiente, lo comentaba con Margaret por la noche, nunca por la mañana cuando soy tan comunicativo como una roca. Ella no podía evitar interrumpirme nada más comenzar con: “y una vez más,  salvaste al mundo…”. Entonces nos reíamos y al cabo de un rato, le terminaba contando lo que recordaba, siempre entre breves interrupciones causadas por nuestras risas.

En ocasiones, a pesar de que la racha había terminado, seguía inquieto.  Era cuando soñaba que algo terrible ocurría a alguien cercano,  mientras no se lo contaba no conseguía quedarme tranquilo. El origen estaba  en una especie de superstición familiar, los sueños malos han de contarse porque en caso contrario podrían suceder. A pesar de ser escéptico por naturaleza, no lo podía evitar, lo llevaba conmigo desde niño. Era capaz de pasarme medio día al teléfono hasta encontrar a la persona afectada, cuando finalmente lograba contárselo me sentía increíblemente aliviado e  inevitablemente acabamos burlándonos de la superstición familiar, que muy en el fondo, todos respetamos.

Aquella mala racha se había hecho muy larga. Noches de sueño interrumpido acumulando cansancio físico y mental, seguidas de días que se hacían largos y pesados intentando cumplir en el trabajo.

Finalmente llegó el anticipado momento, desperté una madrugada  con una visión tan real como aterradora. Caminaba deprisa por una de las oscuras  callejuelas del barrio Sant Pere, cuando de pronto,  vi como a pocos metros una pareja forcejeaba fieramente sin percatarse de mi presencia, la calle era tan angosta que por un instante me quedé paralizado dudando entre continuar y pasar muy cerca de ellos, intervenir o dar media vuelta y regresar por donde venía. Fue entonces cuando todo ocurrió muy rápidamente, el hombre levantó hacia el cielo una especie de machete y de un salvaje golpe decapitó a la mujer, la cabeza cayó al suelo, botó y rodó hasta llegar a mis pies.

Desperté con violencia, sudando, temblando, podía oír mi sangre circular, respiré profundamente y al cabo de unos instantes fui capaz de recordarlo todo con bastante claridad, hasta el punto de tener la imagen de la cabeza grabada en mi mente, el hermoso rostro manchado de sangre, de sucio, los ojos de esmeralda muy abiertos, el cabello rubio enredado. Pasado un rato me sentí aliviado por no reconocer el rostro, sin embargo no pude dormirme nuevamente. Recordé un par de asuntos urgentes del trabajo que no había podido acabar y decidí aprovechar la falta de sueño para irme a la oficina temprano, a sabiendas de que esa noche descansaría sin interrupciones. No era la primera vez que lo hacía, siempre resultaba provechoso contar con un par de horas sin nadie alrededor para avanzar el trabajo. Era algo que no me incomodaba, dado el salario y las facilidades que tenía nunca me sentí explotado. Además, Margaret se encontraba fuera de la ciudad por una investigación que estaba realizando en la Universidad de Coimbra en el marco de sus estudios de PhD. Básicamente tenía flexibilidad, esos días interpretaba jazz, siempre decía a modo de broma entre amigos que cuando me quedaba solo en casa por unos días me convertía en un músico de Jazz y me regía por la improvisación, siempre dentro de lo posible en una vida estándar de profesional asalariado, análogamente, en el Jazz también se limita la improvisación a una determinada clave.

Podría decirse que cuando volvía Margaret comenzaba a tocar Pop, donde las canciones tienen por lo general una melodía definida que navega por una estructura: intro, verso, estribillo, puente, estribillo, verso, estribillo. Si bien el jazz me permitía mayor libertad,  sólo una buena canción Pop me hacía  sentir la necesidad de escucharla una y otra vez.

Procedí a arreglarme y después de unos minutos salí a la calle,  caminé como cada mañana dejando atrás el Barrio de Sant Pere hacía el parking del Arc de Triomf y cogí la moto.

El aire frío en la cara tuvo en mí un efecto anestésico, conducía despacio por el Paseo Sant Joan en dirección montaña,  estaba aun oscuro y las calles se encontraban prácticamente vacías, algo normal tratándose de poco más de las seis de la mañana.

Al parar en la eterna luz roja del semáforo de Paseo Sant Joan con Diagonal, vi cómo dos chicas se disponían a cruzar, de izquierda  a derecha por el rayado peatonal. Una era rubia y la otra morena, no puede evitar notar a pesar de la distancia y de sus abrigos que tenían muy buen tipo. Cuando pasaban justo delante de mí, la rubia volteó en mi dirección y sonrió, me dejó estupefacto! Era el mismo rostro de mi sueño, esta vez limpio y radiante, los mismos ojos verdes, ahora llenos de vitalidad y alegría.  Tardé en reaccionar unos instantes,  fue cuando uno de los únicos tres taxis que tal vez circulaban a esa hora por la ciudad hizo sonar el claxon detrás de mí, el semáforo había cambiado a verde. Arranqué como un autómata y no tuve un pensamiento coherente hasta detenerme ante el siguiente semáforo en rojo,  el enésimo desde mi salida del parking.

Pensé en regresar y contarle lo que había sucedido pero dudé de lo que había visto, seguramente se debía a la hora y lo reciente del sueño, aún así sentí la necesidad de volver a buscarla  pero no lo hice, seguí rumbo a la oficina. Una vez allí, encendí las luces y me puse a trabajar en una presentación para el comité de dirección.

La imagen de la chica me acompañó a lo largo del día, iba y venía, era extraordinariamente atractiva y pensé que tal vez por ello inconcientemente la relacionaba con la mujer del sueño, no había otra explicación, al menos no se me ocurría otra.

Por la tarde estaba exhausto, la imagen seguía más o menos presente pero ya no le daba vueltas al asunto, abandoné la oficina sobre las siete de la tarde y me dirigí a casa. No más llegar hice un par de llamadas y sobre las nueve puse Desintegration de The Cure en la cadena,

me recosté en el sofá y creo que aún sonaba el inicio instrumental de Plainsong cuando me dormí profundamente.

Una suave y agradable vibración me despertó sobre las seis de la mañana, era Sardina, nuestra gata-rasuradora eléctrica que se frotaba contra mí. Estaba completamente recuperado, con mucha energía, me sentía tan bien que decidí ir a correr, hacía días no lo hacía por el cansancio. Recordé que tenía la media maratón popular de Granollers en poco menos de dos semanas así que  ya era hora de espabilarme.

Me puse la ropa y zapatillas de correr, activé el iPod en random y salí a la calle. Estiré un poco frente al portal y al trote atravesé mi calle  rumbo al Arc de Triomf, bajé en dirección mar  mientras sonaba Broken Stones de Paul Weller

y al llegar  a la entrada del Parque de la Ciudadela, en lugar de entrar decidí girar al izquierda para hacer la ruta de la playa y ver el amanecer de regreso, seguí bajando junto a los rieles del Tranvía mientras empezaba a calentarme, es la mejor sensación al correr en invierno, el momento en que finalmente empiezo a sudar y me olvido del frío.

Continué rumbo a la playa por Marina, al llegar al parque de las banderas olímpicas doblé a la izquierda y al escuchar Scooby Doo de TheVacilons

me animé a acelerar el paso por uno de los pequeños caminos de tierra del parque. El pulsómetro indicaba 174, mantenía un ritmo alto a pesar de los días sin correr, pensé en el dolor muscular que tendría al día siguiente y sonreí.

Fue cuando de repente, a unos 25 metros de mí,  vi en la oscuridad una especie de objeto al borde derecho del camino, entre el césped y la tierra.  Disminuí la velocidad y a medida que me acercaba fui entrando en una especie de trance, estaba soñando o que? Me detuve de golpe, la reconocí, era la cabeza de mi sueño, sangre alrededor, el mismo rostro, igual de sucio que en el sueño, igual de hermoso que cuando me sonrió el día anterior.

Grité por ayuda pero nadie me escuchó, corrí desesperadamente hacía el Hospital del Mar y  al acercarme vi una patrulla de los mozos de escuadra, me acerqué a ellos y con la voz entrecortada por la respiración les comenté lo ocurrido, en principio no daban crédito pero finalmente me dijeron que subiera al coche y nos dirigimos hacia el lugar de mi hallazgo.

Lo que siguió fueron días de mucho ruido en los medios, la información se filtró de alguna forma desde el ayuntamiento y se supo que era el segundo caso similar en los últimos meses. Por esos días las fuerzas policiales investigaban arduamente el caso de la cabeza de una mujer encontrada en un contenedor de basura en pleno Barrio del Raval, los hechos se habían mantenido en absoluto secreto para no causar pánico entre población y para que los medios no interfirieran en la investigación.

A excepción de las cabezas  ninguno de los restos fue encontrado jamás. La primera victima no pudo ser identificada y hasta el día de hoy su identidad permanece en el misterio. En cuando a la chica de mis sueños, se trataba de Inga Ivanisch, joven noruega de 19 años que había llegado pocas semanas atrás a la ciudad para estudiar español. La noche anterior había salido de marcha con otros estudiantes de la academia de idiomas, habían estado cenando y luego de copas por el barrio del Born. Cuando los bares comenzaron a cerrar sobre las tres de la madrugada, Inga y parte del grupo original decidieron continuar la fiesta y animados por los comentarios de un chico local que conocieron en un bar, decidieron trasladarse en taxi a la Sala Razzmatazz del Poble Nou.

Durante las investigaciones los jóvenes declararon que alrededor de las cinco Inga  se excusó para ir al lavabo, mientras el resto del grupo permaneció en la pista. Cuarenta y cinco minutos después, cuando ya cerraban la sala y los encargados de seguridad les  invitaban a salir, se percataron de su ausencia, durante un rato buscaron dentro y fuera de la sala sin éxito alguno.

El crimen no fue resuelto sino hasta pasados tres años y otras dos mujeres decapitadas, pero esa es otra historia.

En cuanto a mí,  compartí todo lo ocurrido sólo con Margaret y los más cercanos, con la  excepción del Dr. Velazquez, el siquiatra que pasados cuatro años aún me trata.  Pasé momentos terribles, desgarrado por un sentimiento de culpa brutal, cuestionándome si hubiera podido evitarlo, temiendo que me volviera a ocurrir.

Estuve una larga temporada de baja en el trabajo, al regresar me costaba mucho esfuerzo concentrarme, había perdido toda la motivación, finalmente llegué a un acuerdo con la empresa para marcharme con un nada despreciable finiquito. Fue un alivio para ambas partes.

He dejado de soñar totalmente desde que ocurrieron los hechos, o si lo hago sencillamente no lo recuerdo, tampoco he sentido intranquilidad al despertar como en el  pasado. Luego de un tiempo logré convencerme de que probablemente nada hubiera cambiado de haberle hablado a Inga aquella mañana. No lo se, algunos días vuelven las dudas, aunque la medicación evita que sienta la insoportable ansiedad de los días posteriores al crimen.

Margaret ha sido mi principal apoyo desde el principio, sin ella no se lo habría hecho. Se ha convertido en una respetada científica, no tenemos presiones económicas y ella no tiene problema alguno con que me haga cargo de la casa,  piensa que no debo reincorporarme nuevamente a la vida laboral hasta que me sienta nuevamente preparado para ello.  Creo que para volver a trabajar a un alto nivel primero tendría que dejar la medicación. Definitivamente me he sentido mucho mejor desde que la tomo pero también más lento, he perdido la seguridad de antaño y las ideas ya no fluyen igual. También temo que el dejar la medicación podría resultar en que volvieran los sueños.

Definitivamente mi vida ha cambiado en muchos aspectos, pero principalmente en que he perdido mi capacidad para el Jazz,  hoy en día, incluso cuando Margaret sale en uno de sus frecuentes viajes a congresos, me siento mucho más cómodo  viviendo en la seguridad que me ofrece una buena canción de Pop.

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